Manuel Valera
Nací sietemesino, y ese mes de ventaja lo llevo todavía, de modo que conviene no fiarse de mí demasiado. Procuraré deciros lo que llevo escrito de cara al público. Desde la universidad, donde me matriculé en periodismo (si llego a saber lo que vendría después probablemente me habría hecho jardinero o algo así), comencé a publicar columnas de opinión en diversos medios. Pasé por el periodismo deportivo fugazmente, pero pronto recalé en la radio, donde me mantuve varios años escribiendo guiones. Después, volví al medio escrito, haciendo mi propia revista, en la que excepto el paso por la máquina de offset, todo el proceso quedaba a mi cargo. Esa fue la verdadera carrera de periodismo, más útil que el título, que por supuesto tuve que pagar. ¿Por qué hay que pagar algo que se supone que te has ganado aprobando exámenes? No lo sé.
En televisión también me hicieron un hueco, y ahí ando aún, escribiendo guiones en diversos programas, de actualidad, de entretenimiento, de ficción… He sido hombre del tiempo y urdidor de programas para niños. O sea, variedad en la era digital.
Entre tanto, una noche conocí a José Machado, un tipo fino, agudo, de verbo claro y minucioso, y con él publiqué Futbolia, un ensayo sobre fútbol y filosofía, en Kailas Editorial. Después comencé a escribir para Larevelacion.com, un rinconcito en internet que sirve de taberna griega en la que divagar sobre libros, cine, música, viajes… Y, hace unos meses, Ediciones Evohé sacó El gato sobre la cacerola de leche hirviendo, una novela breve ―¿o cuento largo?―, un texto en el que unos personajes se las apañan para llegar al final sin necesidad del autor, que se supone que soy yo.
El resto de mis escritos, demasiados, a mi juicio, siguen haciéndose a fuego lento. Los antiguos se van mezclando con la nueva producción, que es continua, incesante, diaria. Decía Borges que un autor está dedicado a su obra permanentemente. Supongo que el viejo maestro tenía razón. Entendida como un monacato, no sé qué aporto a la literatura: pero sé lo que me aporta ella a mí. Y eso me basta para seguir administrando ese mes de ventaja que me llevo a mí mismo. Porque, insisto, nací sietemesino.

